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Las dos caras de la soledad

Hola,

Aquí viene un nuevo desnudo emocional con los que pretendo mostrarte yo, como todos, paso momentos difíciles emocionalmente pero que, con las herramientas correctas, puedo gestionarlos y aprender de cada uno de ellos.

¿Vamos?

Soy una persona que adora mi espacio y mi soledad. Vengo de una familia numerosa, “typical Spanish” a más no poder; ruidosos (no hablamos sino que nos gritamos), reímos a todo pulmón, lloramos, nos sorprendemos con alaridos, comentamos y discutimos todo y todos a la vez e incluso bailamos sin parar hasta con la música del Telediario. Seguro que mi amor y necesidad por mis momentos de soledad tienen algo que ver con esto.
En casa éramos siete (mis padres, mi abuela, mis tres hermanas y un servidor). ¡Ah! Todo esto en unos 80 metros cuadrados y un baño. ¿Te imaginas como era para organizar la entrada al baño  cada mañana?

Si cierro los ojos y traigo a mi mente esos instantes en los que no había nadie conmigo en la casa (momentos muy raros pero que recuerdo perfectamente), viene a mi memoria la sensación deliciosa de amor por ese silencio. Era un regalo. Oro puro.

Yo pensaba que la vida de mis sueños sería así: viviendo solo. En silencio. Sin gritos en la mañana. Me imaginaba con una pareja que vivía cerca pero no constantemente conmigo. En mi preciosa, amada, respetada y cuidada SOLEDAD.

El poder de la visualización lo hizo realidad (bueno, yo con tanta visualización). Como os hablo en el curso del Método del Estrés Positivo, «si lo crees, lo creas» y así vivo desde hace ya muchos años (en agosto harán 24 años). Mis parejas, viviendo cerca de mí (casi mismo barrio) pero yo en mi pisito. Mi última pareja (al igual que el resto) se asombraba que podía estar todo el día leyendo, estudiando, trabajando, comiendo… todo en soledad y en el más absoluto silencio.

Yo le día: «¡Qué belleza! ¿Verdad?»

«Es insoportable tanto silencio» me contestaba él abriendo Spotify y poniendo, al menos, una música suave de fondo.

Entiendo perfectamente su sensación. A mí me pasa lo mismo cuando me voy a retiros en medio de la naturaleza y lejos del mundanal ruido. Los primeros días está todo bien pero como al cuarto día sin escuchar personas, ambulancias, cláxones… ruidos de cuidad, me entra una sensación parecida a la que describía mi ex.

Claro, me encanta estar solo, en silencio pero en el medio de la una gran ciudad donde están pasando millones de cosas y que yo, si lo deseo, puedo apuntarme. Por eso no me gusta vivir a las afueras. Me gusta vivir en zonas donde andando puedo conectar con amigos e irme a comer por la ciudad.

Dicho todo esto, quiero contarte algo que me pasó hace unos días y como, cuando estamos vulnerables, sentimos la soledad como un auténtico castigo.


Como cuando estamos estresados, con miedo, enfermos, desvalidos… solo pensamos en estar con alguien que nos ayude con todo esto.

Son momentos en los que dices cosas como:

«Menos mal que estoy casada con X… no lo soporto pero al menos está aquí en estos momentos que lo necesito» o «en cuanto me mejore, me conecto a Tinder porque necesito una pareja como sea».

Parece que te vas a morir porque sientes que estás más solo que la una.

Hace unos días pasé una de esas noches que en España decimos “toledanas” porque no pegué ojo. Me entró una tiritona terrible sobre la una y media de la madrugada y no cesó como hasta las cuatro.
Salir a buscar el termómetro o ir al baño era un suplicio porque tenía tanto frío que no podía soltar el edredón.

Como ya me conoces, no pude perder la oportunidad para observar. Con todo mi cuerpo moviéndose, pude prestar atención a mis sensaciones corporales y mis emociones.

Lo primero lo físico que es lo que más grita. Tensión muscular a tope, cansancio generalizado, sensación desagradable en mi cuerpo, dolor muscular… mucho dolor, tiritar de frío, mucho frío. Vale. Ahora lo emocional. Sentía la vulnerabilidad y ella me mostraba la soledad. Esta vez, no era mi amada soledad, sino una que aparece poquito pero que hace un poquito (a veces un muchito) de daño.

Guau. Sentía carencia. Sentía la falta de alguien que me cuidase. Sentía que no estaba completo. Sentía que era insuficiente por no estar acompañado (todo esto es para mí la versión aflictiva de la soledad).

Indagué un poco más. Vi una sensación de abandono, muy ligera, que se hacía presente. No pude encontrar miedo o tristeza por estar enfermo pero sí una impactante y brutal soledad.

Aviso para navegantes: cuando nos sentimos solos y vulnerables, en nuestra carencia, rogamos por estar acompañados a cualquier precio (aunque sea con amigos, parejas o familia que detestamos y que nunca elegiríamos cerca estando bien; repito; que no elegiríamos estando bien física y emocionalmente).

¡Ay que me pierdo! Sigo con mi proceso de gestión emocional…

Entonces, para dar un giro a esas sensaciones que te imaginarás que no eran nada agradables, continué con mi indagación pero ahora haciéndome la primera pregunta de mi querida Byron Katie para amar la verdad:

«¿Es cierto que estoy solo?»

Con la tiritona pensaba: «Ángel, estás más solo que la una joder». Ya sé como funciona esto así que hice la segunda pregunta de Byron:

«¿Es realmente cierto que estoy solo?»

«Ehhhh. Bueno. Solo, solo… en la vida no» me contesté.

Empecé a nombrar la cantidad de personas que podría llamar en ese momento y que contestarían sin dudar. João, mi familia en México, que tenemos el acuerdo de que aunque nuestros móviles duermen fuera nuestras respectivas habitaciones y están en silencio, si nos llamamos entre nosotros suena siempre. No solo eso. Mi familia y amigos en España, pues allí era pleno día. «Estarían para mí. Lo sé» terminé diciéndome.

Después de darme cuenta de eso, fui por el teléfono móvil y lo dejé en mi mesilla. Tenía carga de sobra. Volví a observarme. ¿Seguía la soledad aflictiva ahí? La vi pero más leve. Gritaba menos. La sensación de abandono había pasado por completo. No había rastro de ella. Acostado de lado, tiritando y mirando mi móvil terminando mi proceso de indagación, me dormí profundamente hasta las siete que me desperté. Tenía muchísimo calor con tanto edredón y mantas que me había puesto.

Medio aturdido y doliéndome todo el cuerpo, escribí todo mi proceso de indagación de la noche. Miré el móvil e hice una vídeo conferencia con João para contarle lo que me había pasado.

«¿Por qué caralho no me has llamado si sabes que mi teléfono suena cuando me llamas?» me espetó recordándome lo que tanto ansiaba corroborar; está ahí.

Si nosotros nos sentimos carentes de contacto, de afecto, de tener personas que están con nosotros… vamos a sentir mucho estrés negativo, vamos a ver que estamos separados del mundo, que no somos capaces, nos vamos a llenar de cortisol y eso va a hacer que veamos el mundo más gris, más amenazador, difícil, duro y terrible de lo que realmente es.

¿Tienes claro quiénes forman parte de tu círculo cercano?

Haz ahora mismo una lista y tenla a mano para cualquier momento que sientas que eres vulnerable y que la soledad aflictiva llama a tu puerta.

Así podrás hacerte las mismas preguntas que me hice yo y contestar sin miedo. Sin duda.

Si consideras que tu círculo es pequeño o que no te genera esa sensación de tranquilidad y de calma de la que hablo, comienza hoy mismo a trabajar para crearlo (conecta con mayor profundidad con personas de tu trabajo, en tu entorno de aficiones, con amigos de tus amigos… profundiza en tus relaciones… hazlas significativas para ambas partes).

Hasta aquí mi desnudo de esta quincena aunque sabes que mis consejos al amanecer los tienes a diario en mi cuenta de Instagram.

Ahora, con amoxicilina 500mg y sin fiebre, escribo esta newsletter tan a gustito en mi silencioso hogar. La soledad vuelve a ser una opción deseada y amorosa porque sé que aún estando vulnerable NO ESTOY SOLO.

Con cariño,

Ángel

Ángel

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