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Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…

He recibido un mensaje en mi cuenta de Instagram que me ha dejado un poco triste y con toques de enfado.

Esto me viene genial para escribir mi newsletter quincenal; va a ser una especie de catalizador de mi striptease emocional.

Te cuento que he recibido el siguiente mensaje:

«Ángel, ¿cómo es que no sientes culpa viviendo en México lejos de tus padres?»

Esta seguidora, básicamente, flipa con que yo me sienta tan feliz y pancho viviendo donde quiero (aunque eso sea a más de nueve mil kilómetros de mis padres).

Ay, amiga/o lector, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa … Yo entiendo perfectamente a la persona que me ha enviado el mensaje. Sé lo que es.

Lo primero que sentí al leerlo fue tristeza. Sí. Mucha tristeza porque sé que ese mensaje llega de una persona que no ha podido realizar sus sueños por esa culpa.

Cierro los ojos y respiro consciente mientras siento esta emoción de tristeza. Soy consciente de que ha llegado y la observo para capturar el mensaje de esta emoción.

Vale. Escribo. ¿Con qué me conecta? Puedo verme trabajando horas y horas en la empresa familiar que no me gustaba. Veo imágenes de Ángel sintiendo que cada mañana iba a tirar su vida pasando todo el día en una nave industrial horrible a las afueras de Madrid. Puedo ver también la culpa por querer mandar a todo y a todos muy lejos. Me conecto con ese Ángel que aguantaba a personas y situaciones que no le gustaban pero que sentía que no podía hacer nada porque sino sentiría una culpa terrible.

Imagen de pikisuperstar en Freepik

De repente, esta tristeza se empieza a transformar en enfado. ¡Uy!. Definitivamente está llegando el cabreo. Es fácil saberlo porque siempre comienza en mi estómago. ¿Por qué enfado?

Porque me veo protestando, diciéndole a mi familia: «ya no quiero más» y recuerdo frases como: «No nos hagas esto. Necesitamos que lo hagas tú porque no hay nadie más.» Y yo tragaba haciendo honor a esa culpa que tan dócil me volvía.

La culpa es la emoción que se lleva utilizando por miles de generaciones para jodernos la vida; porque las personas aprenden muy rápido que la culpa es una herramienta a su servicio para que los demás hagamos lo que ellos quieren.

Claro; ahora entiendo por y para qué llega este enfado con el mensaje de esta mujer. Acaricia una herida abierta en mí o un cuerpo de dolor que le dice mi querido maestro Eckhart Tolle.

Y con este enfado me lleno de energía (es la adrenalina y noradrenalina que mis suprarrenales están fabricando a lo loco). Decido aprovechar para seguir escribiéndote estas palabras y mandarte un mensaje (no solo a la seguidora sino a ti también por si lo necesitas):

Tienes derecho a vivir la vida que quieres independientemente de las expectativas, necesidades y deseos que tengan personas que te rodean.

Espera. No quiero ser talibán pero añadiría que tienes la responsabilidad de intentar vivir la vida que quieres. Sí; una responsabilidad de intentarlo porque esta es tu oportunidad.

¿Cómo podemos sentir culpa por algo que es nuestro derecho? Pues porque, como te he dicho antes, hay muchas personas que les viene mejor que hagas lo que ellos quieren, lo que ellos necesitan y utilizan la culpa para hacer que te olvides de este derecho, de esta responsabilidad que tenemos con nosotros mismos de intentar ser felices.

Tal vez te llegue esta pregunta: «¿Y si esa vida que quiero supone alejarme de personas que me quieren?» Pues lector/a es parte de decidir tu vida para cumplir con tus sueños.

Cuando dices «» a tus sueños, a tu pasión, a elegir tu vida… dirás «no» a todo lo que no va en la misma dirección.

Yo dije sí después de muchos años a vivir en el país que me gusta, a dedicarme a viajar por el mundo para ayudar(me) a mi gestión emocional, a dar(me) paz y comprometerme con mi felicidad. Al mismo tiempo dije no a una vida de ejecutivo, a cumplir con la expectativas de mis padres de cómo y dónde querían que su hijo viviese, a vivir lejos de mucha gente que quiero…

Recuerda que todas las emociones tienen un sentido. A veces las utilizamos de forma poco adaptativa y en contextos que no son los apropiados y, entonces, se vuelven aflictivas y dañinas. Por el contrario, si aparecen en los momentos correctos, nos dan muchísima información.

La culpa, como cualquier emoción, tiene un sentido: darnos la oportunidad de corregir algo que hicimos de una forma incorrecta o que causó un daño a alguien. Es una oportunidad para aprender de ello y subsanar eso que estropeamos o dañamos.

Pero le digo ahora a mi querida seguidora y a ti lector/a: «¿qué he podido dañar que debo subsanar en mis padres por vivir y llevar la vida que quiero?» Nada. Solo cumplo con mi derecho y responsabilidad de intentar ser feliz. Como los quiero, hablo con ellos diariamente, voy a verlos en persona cuando puedo/quiero, elijo demostrarles mi amor lo máximo posible pero respetando mi derecho.

¿Y cuándo siento que llega la culpa? La veo, como he visto la tristeza y el enfado hace un momento, pero le digo que se ha equivocado. Que no tengo nada que reparar porque simplemente estoy cumpliendo con mi responsabilidad vital. Y ella se va. Me deja por un rato y yo vuelvo a mi calma con una sensación de orgullo porque me he hecho valer.

Ahora siento algo distinto. Con esta newsletter he pasado de la tristeza y enfado a la esperanza. Sí. Ahora detecto que la esperanza está ocupando el protagonismo emocional del momento. Pienso que puede haberte servido si sientes culpa y, como a mí, se ha confundido de momento. Cierro los ojos e imagino que te estoy haciendo llegar esa esperanza de para decir sí a tus sueños y eso me llena de oxitocina y me hace sentir muy bien.

Guau. Gracias, seguidora del mensaje, por poder experimentar, autoconocerme un poquito más y llenarme finalmente de oxitocina y gracias a ti por leerme una vez más.

Nos vemos en el siguiente amanecer.

Ángel

Ángel

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